Tal parece que el adagio “la
ignorancia hace la felicidad” cobra fuerza día con día a pesar de las
crecientes facilidades que la tecnología provee en torno a la comunicación. El
llamado “smartphone” otorga al humano la ventaja de ser informado cuando un
mensaje ha sido enviado y de corroborarle el correcto arribo de dicho mensaje a
su destinatario. Incluso le da la fecha y hora en que su potencial interlocutor
estuvo disponible a través de este medio.
Lo que el humano en pareja hace con
esta gran cantidad de información se puede reducir a una idea simple: Dos
palomitas, ¡merezco una explicación!
El Cyber Psychology and Behaviour
Journal llevó a cabo un estudio que reveló la presunta disolución de 28
millones de parejas derivados del uso del programa de mensajería instantánea Whatsapp.
Ésta es una afirmación bastante boba
puesto que no es la aplicación en sí lo que pone el fin definitivo a una
relación de pareja, pero una situación idiota creada a partir del mal uso de
dicha aplicación vaya que sí es capaz de poner a temblar hasta al matrimonio
Griffith-Banderas. La verdad es que somos lo suficientemente cobardes e
indolentes como para adjudicar tanto poder a unas cuantas líneas de
programación. De hecho el proceso se lleva a cabo de la siguiente manera:
El usuario A envía un mensaje al
usuario B. El usuario A es informado a través de su dispositivo electrónico que
su mensaje llegó a la red y posteriormente al equipo del usuario B. El usuario
A (en el mejor de los casos) deja pasar un cierto tiempo para recibir una
respuesta. Una vez que el usuario A no recibe razón hace un segundo intento de
comunicación informándole al usuario A que ya le había enviado un mensaje
previamente. El lapso de espera posterior a este mensaje se acorta
considerablemente y el usuario A comienza a hacer especulaciones por escrito,
mismas que envía al usuario B. Cabe destacar que dentro de estas especulaciones
se encuentran al menos un argumento (no comprobado) que teoriza en torno a la
falta de respuesta del usuario B incluyendo información como horas de envío de
mensajes, tiempos de espera, horarios de conexión y una que otra alusión a la
posible “desgraciadéz” del usuario B en caso de comprobarse que su falta de
respuesta se deba a una o varias infidelidades, todas cometidas en el intervalo
comprendido entre el primer y último mensaje. Una vez que el usuario B accede a
estos mensajes… las explicaciones sobran.
Prueba de la cobardía e indolencia
antes mencionadas es la innovación de las rupturas de pareja como “consecuencia
del uso” de estos servicios. Cobardía por parte de aquellos que no colocan por
delante la insensatez de sus parejas antes de tachar como un error el haber
hecho uso de una aplicación como Whatsapp e indolencia por parte de los que
hacen uso de estas facilidades a manera de un económico espía que delata “todos”
los movientos de la persona agregada, a fin de un buen día toparse con ese
resbalón (sobre la cama de otr@ o el cofre de algún vehículo a más de 30km/h)
que le de muerte a una relación atormentada por las dos palomitas.

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